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La Catedral de Nuestra Señora de la Pobreza de Pereira

Patrimonio Histórico y Arqueológico de Colombia

Alvaro Acevedo Tarazona
Historiador Profesor Universidad Tecnológica de Pereira
(Colaboración y Apéndice de Víctor Zuluaga Gómez)

Temas
Introducción
Antecedentes de la Fundación de Pereira y de la Construcción de la Iglesia de Nuestra Señora de la Pobreza
La Iglesia de Nuestra Señora de la Pobreza, Primera Obra Cívica de Pereira
Anexos
A. Adquisición del primer solar para la Iglesia, 1874
B. Acta de instalación y posesión de la Junta Parroquial de Pereira, 1873
D. Homenaje a la memoria del presbítero Remigio Antonio Cañarte, 1878
E. Nómbrase un inspector de policía urbana para delinear las calles de Pereira, 1875
F. Compra del segundo solar para la construcción de la Iglesia a Manuel Valencia y Lucía Montoya,1881
G. Compra del tercer solar para la construcción de la Iglesia Manuel Valencia, enero 12 de 1883
H. Compra del cuarto solar para la construcción de la Iglesia a Manuel Cárdenas, marzo 19 de 1883
J. Contrato para la construcción de un proyecto de planos para el templo, 1906
K. Acta de fundación de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, 1905

Antecedentes de la Fundación de Pereira y de la Construcción de la Iglesia de Nuestra Señora de la Pobreza

"Esta fue, pues, levantada; pobre capilla, entre tanto, se construía nueva Iglesia donde fue la de Cartago..."
Elías Recio (1928)

El seis de mayo de 1874, los miembros de la Comisión Agraria Pedro Rincón, Marcelino Enao y José María Isaza procedieron a entregar al síndico de la Iglesia, José Vicente Arango, el solar para la Iglesia de Pereira , antigua ciudad de Cartago, en la esquina norte de la primera manzana de la plaza, hoy actual sitio de la catedral. (Véase el Anexo A).

Un año antes apenas se habría de posesionar la junta parroquial, precedida por el propio fundador y presbítero Remigio Antonio Cañarte, siendo obispo Carlos Bermúdez, síndico Pedro Rincón y miembros de la misma, los vecinos Pedro Duque Jiralda, José Vicente Marín y Juan de Dios Santa . (Véase el Anexo B).

Lo curioso de estos dos acontecimientos en la naciente población de Pereira, muy natural en el devenir de cualquier población colombiana del siglo XIX que se abría paso institucional, es que luego de una década de haber sido creada la aldea y tan sólo dos años después de haberse registrado la primera muerte en la ciudad de María Eloísa Silveria Arias, un 24 de enero de 1872 , apenas se da cuenta de la instalación de la junta parroquial y de la adquisición del primer solar para la construcción de la Iglesia, que tenía por extensión treinta varas tierreras (una vara equivalente a 85 centímetros de longitud) de frente a la plaza, y sólo cincuenta de centro .

Si bien el frente de este solar, de unos 25 metros y medio, satisfacía los requerimientos de su anchura, en el caso - como se auguraba - de que la feligresía creciera, el centro o largo del mismo, de apenas unos 42 metros y medio, podría alcanzar una mayor extensión con la compra de los solares aledaños. Claro que todo dependería del crecimiento futuro de la urbe, y de la devoción de la población para apoyar las labores de construcción del templo, así como de su compromiso con el fin de conseguir el dinero requerido para la compra de los demás solares.

En un comienzo, el propósito de reunir el dinero para la compra de los solares y construcción del templo debió ser una tarea harto difícil para la junta parroquial, pues no hay que olvidar que la colonización de toda esta zona del centro - occidente del país se caracterizó por no presentar fundaciones importantes , entre las cuales Pereira no era la excepción; no es por ello extraño que ésta, sólo hasta 1870 alcanzara, a lo sumo, el rango de Distrito dependiente de la municipalidad de Cartago, y que desde sus primeras décadas de existencia hasta la segunda mitad del XX haya intentado liberarse de los lazos políticos y culturales que la ataban a Manizales.

Según lo dicho por el cronista Ricardo Sánchez, se infiere que, a la altura del año de 1875, el solar adquirido para la futura iglesia ya tenía construido un largo rancho de paja, montado sobre tapias o paredes de tierra amasada y apisonada , que aún estaban inconclusas, y el cual hacía las veces de capilla, con su frente hacia la plaza y con una única puerta, en la propia esquina, debajo del campanario . Al parecer, dicha capilla se encontraba allí desde un poco antes de 1870, luego de que ésta fungiese como tal en la esquina sureste de la plaza - hoy calle 19 con carrera 8ª -, y donde se hiciera la primera misa en Pereira, el 30 de agosto de 1863. (Véase el Anexo C, lista de personas que asistieron a la primera misa en Pereira).

El traslado de esta capilla en la década del setenta en el siglo XIX, hasta al sitio actual donde hoy se encuentra la catedral, era el deseo de los pereiranos por ver erigido un gran templo parroquial en el mismo sitio donde se había levantado la iglesia franciscana de la antigua ciudad de Cartago, tal como lo contaba la tradición, y en su momento lo permitía suponer las ruinas materiales que vieron de aquél.

La labor de tal empresa, sin embargo, no sería tan fácil como se esperaba; misma que sólo podría llevarse a cabo en la última década del siglo XIX, gracias al liderazgo demostrado por los presbíteros de la parroquia y al espíritu emprendedor de los pobladores, quienes después de mucho años de paciente dedicación lograron hacer realidad la primera gran obra cívica de Pereira, entre otras que luego le darían identidad de civismo a la ciudad.

Se dice que la aldea y construcción del primer templo o capilla de Pereira , se hizo conservando el trazado de la antigua ciudad de Cartago; aquella fundada por Jorge Robledo un nueve de agosto de 1540 . Según los relatos de la época, esta ciudad colonial adquirió tal denominación, porque la mayoría del ejército había estado conformado por gentes que procedían de Cartagena de Indias .

Sobre los acontecimientos de la fundación de Cartago y posterior refundación el primero de enero de 1541 , de la misma manera que sobre el cruento sometimiento a los pueblos a indígenas de la región por parte de los conquistadores y posterior muerte de Jorge Robledo a manos de Sebastián de Belalcázar, la historiografía también ha tratado de explicar lo necesario, y no podrá conocerse más al respecto en tanto que nuevas investigaciones se sumen a las anteriores.

Cuenta también la tradición historiográfica, que los pobladores de la ciudad designarían como su patrono titular a San Jorge, en tanto que la imagen venerada habría de ser la de Nuestra Señora del Rosario hasta bien entrado el siglo XVII (1683 ), cuando la advocación de la virgen cambiaría a la de Nuestra Señora de la Pobreza.

Por las investigaciones, detalladas y documentadas, de Luis Carlos Mantilla, se puede apreciar que el cambio de la virgen tutelar del Rosario a la de la Pobreza fue un tránsito lento, que comenzó desde finales del siglo XVII hasta la segunda mitad del siglo XVII, "no porque la imagen aparezca con símbolos que denoten pobreza o miseria, sino por causa de la imponderable avaricia o latrocinio con que fueron retenidos los fondos que habían sido destinados para la solemnidad de su culto, pero sobre todo para la construcción de su templo (en la nueva Cartago), que hasta bien entrado el siglo XVIII mantuvieron en tanta indigencia a Nuestra Señora" .

Ya para aquel año de 1863, cuando los pereiranos decidieron nombrar como patrona titular del lugar a la virgen de Nuestra Señora de la Pobreza, luego de 172 años de haber salido de allí los antiguos pobladores hacia la nueva Cartago, era obvio que reclamasen el justo derecho de la advocación, verbigracia de que la tradición había perpetuado el relato de la milagrosa aparición de la virgen en los albores del siglo XVII , la cual contaba que a la lavadora de ropas María Ramos, en las márgenes del río Otún, se le había aparecido la virgen en el lienzo de un viejo cuadro perteneciente a la comunidad de los franciscanos .

Esta comunidad habría de llegar a la provincia desde mediados del siglo XVI, cuando se decretó la creación del obispado de Popayán en el año de 1546. En un comienzo también habría de llegar miembros de la comunidad de los agustinos y dominicos, pero quienes se instalaron de manera definitiva fueron los franciscanos . Éstos, por su parte, se caracterizaron de las otras órdenes religiosas, por imprimirle un sello distinto a la evangelización de los indígenas mediante su interés de estudiar primero sus costumbres, creencias y lenguajes, para luego conducirlos a la fe católica. Un método de evangelización que a la postre resultaría muy exitoso para incorporar y transmitir la acendrada vocación religiosa de esta gran región andina, desde pueblos de indios y aldeas hasta parroquias, villas y ciudades .

Además del sello de la evangelización franciscana en Cartago, la tradición también dejó dicho que en el año de la traslación de la ciudad, los pobladores salieron en solemne y melancólica procesión llevando en andas puertas, ornamentos y ventanas de las casas, de la misma forma que las imágenes, vasos sagrados y vestidos de culto del templo . Por las evidencias históricas, todo indica también que para aquél año de 1691, los cartagüeños se mudaron hacia el nuevo sitio de habitación buscando, en primer lugar, asentarse en tierras de sabana apropiadas para la ganadería; y en segundo, no perder la privilegiada ruta de comunicación y comercio entre Santafé de Bogotá, Cali y Popayán, ante el desplazamiento de ésta un poco más hacia el suroccidente.

No obstante, la ciudad de Cartago, durante sus ciento cincuenta años de existencia en el primer sitio de su fundación, alcanzaría a ser una de las ciudades coloniales más importantes durante el siglo XVI, pues además de haber sido una de las primeras urbes fundadas en la cordillera oriental, su ventajosa ubicación geográfica haría posible el intercambio de mercancías entre Perú y Santafé de Bogotá, y esto sin contar con el oro que los primeros pobladores debieron apropiarse de los indios quimbayas y tribus vecinas.

Cuenta fray Pedro Simón, que hacia el año de 1547 se sacaron en tres meses más de quince mil pesos de buen oro, de la misma manera que fueron profanadas tumbas para extraerles el codiciado metal . Fue tal la cantidad de oro que se recogía entre los Qimbayas, que Belalcázar dio curso para la creación de una fundición de oro desde el año de 1541 . También se dice que la ciudad fue tan próspera, que en menos de treinta años se edificó una importante ciudad amurallada en tierra pisada , con ochenta y dos manzanas, anchas y rectas calles pobladas, un elegante templo en ladrillo y una casa de fundición . De esta época, es también el convento de la orden franciscana en Cartago, mandado construir en el año de 1573, con la advocación de Santa Catalina del Monte Sinaí y en cumplimiento de las disposiciones reales cobijadas por la Bula papal de 1508 que le había concedido a los reyes de España la facultad de dirigir la evangelización en los territorios de ultramar.

Por la evidencia historiográfica, se sabe que en 1578 se daría constancia de la fundación del convento . De igual forma, que a la altura del año de 1583 el templo era de cañas y paja, y que amenazaba ruina; así que el rey ordenó que se erigiese de nuevo, "con buen trazo y moderado en el costo", el cual debía repartirse por terceras partes entre los encomenderos, la hacienda real y los indígenas; cinco años más tarde, sin embargo, el edificio no había sido levantado, porque el procurador, Francisco Velásquez, ordenaba que se construyera en ladrillo y con techo de tejas, demás que solicitaba se concediese los dos novenos de diezmos reales para sus ornamentos .

¿Pero cómo debió ser esta ciudad de la antigua Cartago? Seguramente, nada distinto de lo que escriben los cronistas y especialistas de la historia en este período colonial. Una urbe enclavada en los andes de Colombia, con indígenas diezmados por pestes y enfermedades , con casas de paredes de tapia o de bahareque y techos de paja, construcciones autóctonas de las culturas aborígenes y que los ibéricos supieron muy bien adaptar a las necesidades arquitectónicas de sus ciudades, por lo útil, favorable al ambiente y desarrollado de su técnica.

Sobre la fama ganada de ciudad próspera, sin embargo, habrá que decir que no sería por mucho tiempo, pues, si bien, en los primeros años, la situación económica de Cartago fue tan buena, que lo vecinos se comprometieron a proveer con cuatrocientos pesos al convento franciscano, con el paso del tiempo lo extenso del territorio de la ciudad, la escasez de oro y la dificultad para mantener en doctrina y encomienda a los indígenas quimbayas y carrapas, cada vez más en extinción, debió acarrearle graves afugias económicas tanto a la comunidad religiosa como a los propios encomenderos, que sustentaban sus ingresos en la mano de trabajo indígena .

En cuanto a la construcción de la ciudad, sorprende que culturas como la quimbaya o la calima, que alcanzaron tan desconcertante desarrollo en el trabajo de los metales, desconocieran el uso de la piedra en la construcción de sus viviendas, o por lo menos no dejaran rastros que permitan afirmar lo contrario, como fueron los casos de Cuzco en Perú o Tenochtitlan en México. No obstante, es pertinente señalar que la connotación de "humilde" a las viviendas de Cartago y otras ciudades del virreinato de la Nueva Granada, es una forma de señalar que no son del tipo monumental de México o Perú, pero sí cumplieron la misma función de evangelización, además de evitar los excesos que se presentaron en estas ciudades. Incluso, para los expertos, en esas edificaciones sencillas reside el mérito de las ciudades y diferentes poblaciones, destinadas a difundir la cristiandad y las pautas de comportamiento de la sociedad ibérica.

Todo esto hace pensar que tal vez el convento y templo franciscano en ladrillo, debió sobresalir en la ciudad de Cartago; caro lujo para la época si se considera fidedigno lo consignado en los documentos sobre la construcción en este material del templo y los relatos de los cronistas de las primeras décadas de existencia de Pereira, entre los que se cuentan Manuel Antonio del Campo y Rivas (1803), Heliodoro Peña (1892) y Carlos Echevery Uribe (1909). Las referencias de tales vestigios encontrados, durante el siglo XIX hasta la fundación de aldea en 1863, no pueden ignorarse: escombros de edificios y cortos vestigios de la muralla ; muros derruidos, bases de columna y una pila (1825) , mampostería en el sitio actual del templo y en la casa de fundición ; e incluso una pila bautismal también en el sito actual del templo, tal como lo refiere el cronista Carlos Echeverri :

Al hacer el desmonte de la localidad que ocupaba el templo de la antigua Cartago, y buscando la pila bautismal que, según la tradición, era una gran taza de piedra, encontraron esta casi volcada por un corpulento lembo que creció cerca de ella. Procedieron a derribar el citado lembo y hallaron en el corte, ligeramente rosado, un cilindro de madera blanca incrustrado en la del lembo. Como les llamara la atención la que veían, cuando cayó el lembo, fueron a ver el copo y hallaron en medio de las ramas del árbol las de un raquítico naranjo con naranjas muy duras y pequeñas. Descubrieron con el hacha parte del cilindro blanco y se convencieron de que el naranjo creció cerca del lembo, y éste, en su rápido desarrollo, abrazó el primero y lo llevó a una altura de 20 o 25 metros.

De manera que si el convento, templo y una que otra construcción de la Cartago de los siglos XVI y XVII fue en ladrillo, habrá que imaginar, en algún momento de su devenir, una ciudad próspera y rica. O, acaso, ¿por qué construir un templo en ladrillo si se podía recurrir a la apropiada y funcional técnica de la tapia pisada o del bahareque? Es cierto que el uso del ladrillo para la construcción de casas de habitación y templos, fue una práctica antiquísima en el Viejo Continente desde el año 800 a. c., utilizada también por los griegos y aplicada con éxito por los romanos, al descubrir que la arcilla cocida era más resistente y de mayor duración, de la misma forma que incorporada al Nuevo Mundo por los ibéricos, pero de ahí a considerar que se aplicó de manera considerable en estas provincias, o, siquiera, en el occidente del país y en la misma Cartago, es una hipótesis que no se puede afirmar con veracidad.

De todas formas, imaginemos una sociedad cartagüeña, deseosa de emular o, por lo menos, prefigurar los templos de España, México o Perú, de la misma manera que tratando de reproducir las estructuras serviles y las acentuadas desigualdades políticas y económicas de Europa. Una ciudad amurallada, dirigida y ordenada por los transterrados ibéricos, puerto de paso y mercaderías entre Santafé y Quito o Lima y rodeada de una espesa selva, último refugio de aborígenes y gentes de color que se resistían al dominio colonial. Una Cartago de rituales y valores religiosos, signados por la fe católica, que enterraba a sus muertos de rango y distinción social y económica en el suelo de las naves de su templo, la más sacra de todas las tierras de cualquier poblado iberoamericano .

Habrá que esperar siglos para que esta práctica común en toda la cristiandad sea abolida por las políticas liberales en la segunda mitad del siglo XIX , curiosamente, en las décadas del sesenta y setenta, cuando Pereira apenas nacía como aldea y carecía de un templo digno de su advocación mariana. De manera que por aquella fecha de los primeros meses de vida de la aldea, cuando las políticas del liberalismo, aduciendo cuestiones sanitarias, establecieron por ley sacar los cementerios hacia los suburbios de las poblaciones y no volver a enterrar cadáveres dentro de las iglesias, la naciente población contaba con apenas once ranchos de paja y guadua rodeando la plaza, y otro tanto diseminados en distintos lugares, especialmente por los lados de Nacederos y Mata de Caña .

Por supuesto, estos pobladores ya no sabían de los nacimientos de noble cuna y pasados de abolengo de la otrora muy ilustre y muy noble ciudad de Cartago; tal vez, tampoco estaban imbuidos del anticlericalismo liberal de ciertas poblaciones del oriente del país, en donde el enfrentamiento Iglesia-Estado había cerrado iglesias y llevado al penoso destierro a algunos párrocos y obispos.

En su momento, Pereira no era más que una aldea, cubierta de espesos guaduales y grandes sueldos y lembos, pero de la cual ya se avizoraba un prometedor futuro para el cultivo de cereales, café, añil, cacao, caña de azúcar, plátano y toda clase de frutos de la tierra. No obstante, el estado aún feraz de sus tierras y lo sencillo de las construcciones de la aldea, de la cual se dice que, en un comienzo, contó con apenas seis manzanas, no se puede inferir que sólo hasta ese momento su espacio estaba siendo repoblado, tal como se insiste por parte de algunos cronistas e historiadores, al punto de llegar a decir que luego del traslado de Cartago a su sitio actual, el lugar de la antigua ciudad quedó "sepultado y casi borrado su recuerdo" .

Muy seguramente, en el sitio abandonado debió asentarse gentes poco interesadas en estar bajo el control de las autoridades coloniales, de la misma manera que grupos de personas ejerciendo actividades productivas - tal como se puede constatar por los estudios del historiador Víctor Zuluaga - también trabajos de campo en el Egoyá con la llegada de los negros cimarrones, explotaciones de sal y se creó la aldea de Condina, de la que se registra el primer oficio religioso en el año de 1854 . De igual forma, ha de suponerse que este lugar fue refugio de personas que huían de la ley, tal como lo hizo Francisco Pereira Martínez, entre los años de 1816 y 1820, por haber apoyado la causa de la independencia.

Y si bien las guerras y los intereses geopolíticos entre Antioquia y Cauca hubo de retardar la colonización de las tierras de la antigua Cartago, los relatos, empero, indican que éstas hasta mediados del siglo XIX fueron lugar de paso de expedicionarios y asiento esporádico de colonos pobres, en la ruta de colonización proveniente principalmente de Antioquia, y en parte del Cauca. Al respecto, no deja de ser fehaciente el relato de Carlos Echeverri Uribe, recopilado de la memoria de los primeros pobladores de Pereira, cuando cuenta que el presbítero Fulgencio del Castillo, en cierta ocasión que se había despoblado la aldea de Condina, se detuvo en las ruinas de la antigua ciudad de Cartago, donde los emigrados de dicha aldea habían construido algunos ranchos pajizos, y los exhortó a irse con él a residir a Cerritos .

De modo que si las ruinas de Cartago y sus alrededores nunca fueron del todo abandonadas después del traslado de la ciudad en 1691, es imposible saber cuántas personas habitaron allí estas tierras. Igual ocurre cuando se trata de establecer el número de habitantes en los primeros veinte años de vida de Pereira; probablemente, la aldea no debió sobrepasar los diez mil habitantes, según se estima por los datos del cronista Ricardo Sánchez, quien dice que a la altura del año de 1866 - según lista que elaboró de los archivos de la Alcaldía -, la población estaba conformada por 1387 ciudadanos de primera clase, 230 de segunda y 1742 de tercera sin contar a las mujeres . Pero según las cifras del Primer Anuario Estadístico de Pereira, en el año de 1872 la población rondaba los diez mil habitantes ; por su parte, Carlos Echeverri Uribe dice que dos años antes, en el primer censo de población que se hizo sobre la ciudad, el número de habitantes sumó 720 .

Lo único claro de estas cifras contradictorias, es que lo escaso de la población de la aldea por aquellos años y las descripciones aún agrestes de las tierras de colonización, concuerda con los modestos lugares de habitación de paja, guadua y tierra pisada de los moradores de lugar, de los cuales nos hablan los cronistas y señalan los documentos de archivo. Incluso, para entonces, se dice que el café era una planta que se cultivaba sólo por ornato .

La primera casa de teja tan sólo fue construida en febrero de 1874, por Don Toribio Robledo en el centro de la acera sur de la plaza la Victoria (hoy plaza de Bolívar); cinco años después, el mismo señor Robledo construiría la segunda casa de teja en la misma acera oriental de la plaza mencionada . Un verdadero lujo para la época. Pues si bien en el siglo XVI ya era posible hornear o secar arcilla - porque las materias primas estaban a la mano, y sólo bastaba contratar un alarife que construyera el horno, amasara la arcilla y luego la cocinara -, la producción en grandes cantidades de ladrillo o teja era muy dispendiosa si se compara con la sencilla técnica de la tapia pisada o del bahareque, además de lo costoso que podría implicar su transporte en bueyes o mulas.

Hay que imaginar entonces una Pereira de los primeros años conformada por casas alrededor de una plaza principal, a la manera de un plano en damero, con su Iglesia, familias principales a su alrededor, y, si ha de atenerse a la tradición oral y las crónicas de la época, delineada sobre la antigua ciudad de San Jorge de Cartago. Una plaza que hasta la época, como en los tiempos de las ciudades coloniales, sigue cumpliendo el papel de centro de las actividades políticas, económicas y sociales de la ciudad .

Nada más importante entonces para cualquier habitante de la ciudad, que sus restos reposaran en la Iglesia. Homenaje que, precisamente, le sería tributado a Remigio Antonio Cañarte, uno de los fundadores más ilustres de Pereira y párroco de la misma hasta 1876, fecha - dice Carlos Echeverri Uribe - "en que, por su avanzada edad y por sus enfermedades, cedió el cargo al presbítero José Dolores Córdoba" . Así, dos años después, la Villa le tributó el digno homenaje de inhumar su cadáver en la Iglesia, con un "túmulo sobre su sepulcro", el cual sería construido de madera; dicho monumento sería, además, blanqueado en yeso y se la daría el color del jaspe en una de las caras, en el que se colocaría una lápida de mármol, esculpida con la siguiente inscripción: "Al prócer de la Independencia y Apóstol del Cristianismo Pbro. Remigio Antonio Cañarte, el pueblo agradecido, 1878" . (Véase el Anexo D). Homenaje que también le sería tributado en el siguiente siglo, hacia la década del veinte, a los restos exhumados del general Deaza, según lo refiere a tradición oral, y los cuales fueron depositados al lado de la pila bautismal .

El reconocimiento al presbítero Cañarte era también un acto simbólico y político para reafirmar los lazos de Pereira con Cartago, y dejar constancia de que los primeros pobladores habían provenido de allí. Pero también era una forma de reivindicar los lazos históricos que la ciudad siempre guardaría con la antigua Cartago. De ahí la insistencia de asegurar, por parte de los pobladores, que la villa de Pereira había sido levantada sobre el mismo sitio de la ciudad antigua: en 1863, seis manzanas por los fundadores; en 1868, por el súbdito británico Mr. Guillermo Flecher, de quien se dice dejó seis plazas delineadas (La Paz, La Victoria, La Concordia, Fe, Esperanza y Caridad ) y no alteró en nada lo ya realizado ; en 1872, once manzanas por Don Ramón Arana, Agrimensor Oficial del gobierno, quien además hizo entrega oficial de 12 mil hectáreas cuadradas de terrenos baldíos cedidos por el Congreso al Municipio de Pereira; y en 1875 la configuración definitiva de la estructura por el propio cabildo de la ciudad.

Precisamente, en esta última configuración, el cabildo aprobó vender, por licitación, las ciento cuarenta hectáreas de terreno restante de las 200 que fueron designadas por áreas de la población, según lo dispuesto por la Comisión Agraria; así mismo, dispuso aprobar las designaciones que hiciera la Comisión Agraria a las plazas y calles; sin embargo, suprimía las plazas Esperanza y Caridad para repartirlas en solares. Con la venta de las mencionadas tierras se acometería la construcción de la casa consistorial del Distrito . (Véase el Anexo E).

¿Pero qué había detrás de tantos trazados a la ciudad? Sin duda, una arremetida colonizadora hacia las fértiles y codiciadas tierras que comunicaban Cartago con Manizales; último bastión del Cauca para frenar la colonización antioqueña. Este proceso colonizador en Pereira, habría de iniciarse en los años cincuenta y sesenta con los asentamientos inestables y dispersos de Condina y posterior fundación de Pereira; un poco más tarde, en los años setenta y ochenta, regulado por el gobierno nacional, mediante la ley 121 de abril 1870 que le otorgó las ya mencionadas 12 mil hectáreas cuadradas al municipio , y cuya adjudicación definitiva le correspondió hacerla, en 1874, a Aquileo Parra, presidente de la República.

Lo cierto también de este movimiento colonizador, es que detrás del mismo se encubría una lucha por la tenencia y valorización de la tierra. Más allá del interés filantrópico de Francisco Pereira Martínez y de su hijo por fundar una ciudad en la antigua Cartago, existía el interés de valorizar 2500 hectáreas cuadradas de tierra en el pie de monte de la cordillera del Quindío, que éste había obtenido de la política estatal en el año de 1828 por la suma de 4234 pesos y seis reales y que para entonces se designaron como "baldías, desiertas, incultas y montuosas" .

Pero a la altura de los años sesenta del siglo XIX, dichas tierras ya no tenían la misma connotación. Mientras para el cronista Ricardo Sánchez, Guillermo Pereira Gamba, hijo de Francisco Pereira Martínez, donó los terrenos a la aldea de su "espontánea voluntad". Carlos Echeverri trata de mostrar que Guillermo Pereira Gamba "no dio ni una pulgada de sus terrenos para la nueva fundación" . Lo cierto es que las tierras para la naciente aldea fueron adquiridas por gestión de la población, en tanto que la nación decidió otorgarle bonos a Pereira Gamba como parte de la indemnización de las 12 mil hectáreas cedidas a la villa de Pereira. Lo que si honra la memoria de Pereira Gamba - dice Jaime Jaramillo Uribe - "fue el criterio que tuvo cuando resolvió desprenderse de la propiedad de sus tierras, para cederlas a los colonizadores en forma de pequeñas parcelas".

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