|
La Catedral de Nuestra Señora de la Pobreza
de Pereira
Patrimonio Histórico y Arqueológico
de Colombia
Alvaro Acevedo Tarazona
Historiador Profesor Universidad Tecnológica de Pereira
(Colaboración y Apéndice de Víctor Zuluaga
Gómez)
Temas
Introducción
Antecedentes de la Fundación
de Pereira y de la Construcción de la Iglesia de Nuestra
Señora de la Pobreza
La Iglesia de Nuestra Señora
de la Pobreza, Primera Obra Cívica de Pereira
Anexos
A. Adquisición del primer solar
para la Iglesia, 1874
B. Acta de instalación y posesión
de la Junta Parroquial de Pereira, 1873
D. Homenaje a la memoria del presbítero
Remigio Antonio Cañarte, 1878
E. Nómbrase un inspector de
policía urbana para delinear las calles de Pereira, 1875
F. Compra del segundo solar para la
construcción de la Iglesia a Manuel Valencia y Lucía
Montoya,1881
G. Compra del tercer solar para la
construcción de la Iglesia Manuel Valencia, enero 12 de
1883
H. Compra del cuarto solar para la
construcción de la Iglesia a Manuel Cárdenas, marzo
19 de 1883
J. Contrato para la construcción
de un proyecto de planos para el templo, 1906
K. Acta de fundación de la
Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, 1905
Antecedentes de la Fundación
de Pereira y de la Construcción de la Iglesia de Nuestra
Señora de la Pobreza
"Esta fue, pues, levantada; pobre capilla,
entre tanto, se construía nueva Iglesia donde fue la de
Cartago..."
Elías Recio (1928)
El seis de mayo de 1874, los miembros de la Comisión
Agraria Pedro Rincón, Marcelino Enao y José María
Isaza procedieron a entregar al síndico de la Iglesia, José
Vicente Arango, el solar para la Iglesia de Pereira , antigua ciudad
de Cartago, en la esquina norte de la primera manzana de la plaza,
hoy actual sitio de la catedral. (Véase el Anexo A).
Un año antes apenas se habría de
posesionar la junta parroquial, precedida por el propio fundador
y presbítero Remigio Antonio Cañarte, siendo obispo
Carlos Bermúdez, síndico Pedro Rincón y miembros
de la misma, los vecinos Pedro Duque Jiralda, José Vicente
Marín y Juan de Dios Santa . (Véase el Anexo B).
Lo curioso de estos dos acontecimientos en la
naciente población de Pereira, muy natural en el devenir
de cualquier población colombiana del siglo XIX que se abría
paso institucional, es que luego de una década de haber sido
creada la aldea y tan sólo dos años después
de haberse registrado la primera muerte en la ciudad de María
Eloísa Silveria Arias, un 24 de enero de 1872 , apenas se
da cuenta de la instalación de la junta parroquial y de la
adquisición del primer solar para la construcción
de la Iglesia, que tenía por extensión treinta varas
tierreras (una vara equivalente a 85 centímetros de longitud)
de frente a la plaza, y sólo cincuenta de centro .
Si bien el frente de este solar, de unos 25 metros
y medio, satisfacía los requerimientos de su anchura, en
el caso - como se auguraba - de que la feligresía creciera,
el centro o largo del mismo, de apenas unos 42 metros y medio, podría
alcanzar una mayor extensión con la compra de los solares
aledaños. Claro que todo dependería del crecimiento
futuro de la urbe, y de la devoción de la población
para apoyar las labores de construcción del templo, así
como de su compromiso con el fin de conseguir el dinero requerido
para la compra de los demás solares.
En un comienzo, el propósito de reunir
el dinero para la compra de los solares y construcción del
templo debió ser una tarea harto difícil para la junta
parroquial, pues no hay que olvidar que la colonización de
toda esta zona del centro - occidente del país se caracterizó
por no presentar fundaciones importantes , entre las cuales Pereira
no era la excepción; no es por ello extraño que ésta,
sólo hasta 1870 alcanzara, a lo sumo, el rango de Distrito
dependiente de la municipalidad de Cartago, y que desde sus primeras
décadas de existencia hasta la segunda mitad del XX haya
intentado liberarse de los lazos políticos y culturales que
la ataban a Manizales.
Según lo dicho por el cronista Ricardo
Sánchez, se infiere que, a la altura del año de 1875,
el solar adquirido para la futura iglesia ya tenía construido
un largo rancho de paja, montado sobre tapias o paredes de tierra
amasada y apisonada , que aún estaban inconclusas, y el cual
hacía las veces de capilla, con su frente hacia la plaza
y con una única puerta, en la propia esquina, debajo del
campanario . Al parecer, dicha capilla se encontraba allí
desde un poco antes de 1870, luego de que ésta fungiese como
tal en la esquina sureste de la plaza - hoy calle 19 con carrera
8ª -, y donde se hiciera la primera misa en Pereira, el 30
de agosto de 1863. (Véase el Anexo C, lista de personas que
asistieron a la primera misa en Pereira).
El traslado de esta capilla en la década
del setenta en el siglo XIX, hasta al sitio actual donde hoy se
encuentra la catedral, era el deseo de los pereiranos por ver erigido
un gran templo parroquial en el mismo sitio donde se había
levantado la iglesia franciscana de la antigua ciudad de Cartago,
tal como lo contaba la tradición, y en su momento lo permitía
suponer las ruinas materiales que vieron de aquél.
La labor de tal empresa, sin embargo, no sería
tan fácil como se esperaba; misma que sólo podría
llevarse a cabo en la última década del siglo XIX,
gracias al liderazgo demostrado por los presbíteros de la
parroquia y al espíritu emprendedor de los pobladores, quienes
después de mucho años de paciente dedicación
lograron hacer realidad la primera gran obra cívica de Pereira,
entre otras que luego le darían identidad de civismo a la
ciudad.
Se dice que la aldea y construcción del
primer templo o capilla de Pereira , se hizo conservando el trazado
de la antigua ciudad de Cartago; aquella fundada por Jorge Robledo
un nueve de agosto de 1540 . Según los relatos de la época,
esta ciudad colonial adquirió tal denominación, porque
la mayoría del ejército había estado conformado
por gentes que procedían de Cartagena de Indias .
Sobre los acontecimientos de la fundación
de Cartago y posterior refundación el primero de enero de
1541 , de la misma manera que sobre el cruento sometimiento a los
pueblos a indígenas de la región por parte de los
conquistadores y posterior muerte de Jorge Robledo a manos de Sebastián
de Belalcázar, la historiografía también ha
tratado de explicar lo necesario, y no podrá conocerse más
al respecto en tanto que nuevas investigaciones se sumen a las anteriores.
Cuenta también la tradición historiográfica,
que los pobladores de la ciudad designarían como su patrono
titular a San Jorge, en tanto que la imagen venerada habría
de ser la de Nuestra Señora del Rosario hasta bien entrado
el siglo XVII (1683 ), cuando la advocación de la virgen
cambiaría a la de Nuestra Señora de la Pobreza.
Por las investigaciones, detalladas y documentadas,
de Luis Carlos Mantilla, se puede apreciar que el cambio de la virgen
tutelar del Rosario a la de la Pobreza fue un tránsito lento,
que comenzó desde finales del siglo XVII hasta la segunda
mitad del siglo XVII, "no porque la imagen aparezca con símbolos
que denoten pobreza o miseria, sino por causa de la imponderable
avaricia o latrocinio con que fueron retenidos los fondos que habían
sido destinados para la solemnidad de su culto, pero sobre todo
para la construcción de su templo (en la nueva Cartago),
que hasta bien entrado el siglo XVIII mantuvieron en tanta indigencia
a Nuestra Señora" .
Ya para aquel año de 1863, cuando los pereiranos
decidieron nombrar como patrona titular del lugar a la virgen de
Nuestra Señora de la Pobreza, luego de 172 años de
haber salido de allí los antiguos pobladores hacia la nueva
Cartago, era obvio que reclamasen el justo derecho de la advocación,
verbigracia de que la tradición había perpetuado el
relato de la milagrosa aparición de la virgen en los albores
del siglo XVII , la cual contaba que a la lavadora de ropas María
Ramos, en las márgenes del río Otún, se le
había aparecido la virgen en el lienzo de un viejo cuadro
perteneciente a la comunidad de los franciscanos .
Esta comunidad habría de llegar a la provincia
desde mediados del siglo XVI, cuando se decretó la creación
del obispado de Popayán en el año de 1546. En un comienzo
también habría de llegar miembros de la comunidad
de los agustinos y dominicos, pero quienes se instalaron de manera
definitiva fueron los franciscanos . Éstos, por su parte,
se caracterizaron de las otras órdenes religiosas, por imprimirle
un sello distinto a la evangelización de los indígenas
mediante su interés de estudiar primero sus costumbres, creencias
y lenguajes, para luego conducirlos a la fe católica. Un
método de evangelización que a la postre resultaría
muy exitoso para incorporar y transmitir la acendrada vocación
religiosa de esta gran región andina, desde pueblos de indios
y aldeas hasta parroquias, villas y ciudades .
Además del sello de la evangelización
franciscana en Cartago, la tradición también dejó
dicho que en el año de la traslación de la ciudad,
los pobladores salieron en solemne y melancólica procesión
llevando en andas puertas, ornamentos y ventanas de las casas, de
la misma forma que las imágenes, vasos sagrados y vestidos
de culto del templo . Por las evidencias históricas, todo
indica también que para aquél año de 1691,
los cartagüeños se mudaron hacia el nuevo sitio de habitación
buscando, en primer lugar, asentarse en tierras de sabana apropiadas
para la ganadería; y en segundo, no perder la privilegiada
ruta de comunicación y comercio entre Santafé de Bogotá,
Cali y Popayán, ante el desplazamiento de ésta un
poco más hacia el suroccidente.
No obstante, la ciudad de Cartago, durante sus
ciento cincuenta años de existencia en el primer sitio de
su fundación, alcanzaría a ser una de las ciudades
coloniales más importantes durante el siglo XVI, pues además
de haber sido una de las primeras urbes fundadas en la cordillera
oriental, su ventajosa ubicación geográfica haría
posible el intercambio de mercancías entre Perú y
Santafé de Bogotá, y esto sin contar con el oro que
los primeros pobladores debieron apropiarse de los indios quimbayas
y tribus vecinas.
Cuenta fray Pedro Simón, que hacia el año
de 1547 se sacaron en tres meses más de quince mil pesos
de buen oro, de la misma manera que fueron profanadas tumbas para
extraerles el codiciado metal . Fue tal la cantidad de oro que se
recogía entre los Qimbayas, que Belalcázar dio curso
para la creación de una fundición de oro desde el
año de 1541 . También se dice que la ciudad fue tan
próspera, que en menos de treinta años se edificó
una importante ciudad amurallada en tierra pisada , con ochenta
y dos manzanas, anchas y rectas calles pobladas, un elegante templo
en ladrillo y una casa de fundición . De esta época,
es también el convento de la orden franciscana en Cartago,
mandado construir en el año de 1573, con la advocación
de Santa Catalina del Monte Sinaí y en cumplimiento de las
disposiciones reales cobijadas por la Bula papal de 1508 que le
había concedido a los reyes de España la facultad
de dirigir la evangelización en los territorios de ultramar.
Por la evidencia historiográfica, se sabe
que en 1578 se daría constancia de la fundación del
convento . De igual forma, que a la altura del año de 1583
el templo era de cañas y paja, y que amenazaba ruina; así
que el rey ordenó que se erigiese de nuevo, "con buen
trazo y moderado en el costo", el cual debía repartirse
por terceras partes entre los encomenderos, la hacienda real y los
indígenas; cinco años más tarde, sin embargo,
el edificio no había sido levantado, porque el procurador,
Francisco Velásquez, ordenaba que se construyera en ladrillo
y con techo de tejas, demás que solicitaba se concediese
los dos novenos de diezmos reales para sus ornamentos .
¿Pero cómo debió ser esta
ciudad de la antigua Cartago? Seguramente, nada distinto de lo que
escriben los cronistas y especialistas de la historia en este período
colonial. Una urbe enclavada en los andes de Colombia, con indígenas
diezmados por pestes y enfermedades , con casas de paredes de tapia
o de bahareque y techos de paja, construcciones autóctonas
de las culturas aborígenes y que los ibéricos supieron
muy bien adaptar a las necesidades arquitectónicas de sus
ciudades, por lo útil, favorable al ambiente y desarrollado
de su técnica.
Sobre la fama ganada de ciudad próspera,
sin embargo, habrá que decir que no sería por mucho
tiempo, pues, si bien, en los primeros años, la situación
económica de Cartago fue tan buena, que lo vecinos se comprometieron
a proveer con cuatrocientos pesos al convento franciscano, con el
paso del tiempo lo extenso del territorio de la ciudad, la escasez
de oro y la dificultad para mantener en doctrina y encomienda a
los indígenas quimbayas y carrapas, cada vez más en
extinción, debió acarrearle graves afugias económicas
tanto a la comunidad religiosa como a los propios encomenderos,
que sustentaban sus ingresos en la mano de trabajo indígena
.
En cuanto a la construcción de la ciudad,
sorprende que culturas como la quimbaya o la calima, que alcanzaron
tan desconcertante desarrollo en el trabajo de los metales, desconocieran
el uso de la piedra en la construcción de sus viviendas,
o por lo menos no dejaran rastros que permitan afirmar lo contrario,
como fueron los casos de Cuzco en Perú o Tenochtitlan en
México. No obstante, es pertinente señalar que la
connotación de "humilde" a las viviendas de Cartago
y otras ciudades del virreinato de la Nueva Granada, es una forma
de señalar que no son del tipo monumental de México
o Perú, pero sí cumplieron la misma función
de evangelización, además de evitar los excesos que
se presentaron en estas ciudades. Incluso, para los expertos, en
esas edificaciones sencillas reside el mérito de las ciudades
y diferentes poblaciones, destinadas a difundir la cristiandad y
las pautas de comportamiento de la sociedad ibérica.
Todo esto hace pensar que tal vez el convento
y templo franciscano en ladrillo, debió sobresalir en la
ciudad de Cartago; caro lujo para la época si se considera
fidedigno lo consignado en los documentos sobre la construcción
en este material del templo y los relatos de los cronistas de las
primeras décadas de existencia de Pereira, entre los que
se cuentan Manuel Antonio del Campo y Rivas (1803), Heliodoro Peña
(1892) y Carlos Echevery Uribe (1909). Las referencias de tales
vestigios encontrados, durante el siglo XIX hasta la fundación
de aldea en 1863, no pueden ignorarse: escombros de edificios y
cortos vestigios de la muralla ; muros derruidos, bases de columna
y una pila (1825) , mampostería en el sitio actual del templo
y en la casa de fundición ; e incluso una pila bautismal
también en el sito actual del templo, tal como lo refiere
el cronista Carlos Echeverri :
Al hacer el desmonte de la localidad que ocupaba
el templo de la antigua Cartago, y buscando la pila bautismal que,
según la tradición, era una gran taza de piedra, encontraron
esta casi volcada por un corpulento lembo que creció cerca
de ella. Procedieron a derribar el citado lembo y hallaron en el
corte, ligeramente rosado, un cilindro de madera blanca incrustrado
en la del lembo. Como les llamara la atención la que veían,
cuando cayó el lembo, fueron a ver el copo y hallaron en
medio de las ramas del árbol las de un raquítico naranjo
con naranjas muy duras y pequeñas. Descubrieron con el hacha
parte del cilindro blanco y se convencieron de que el naranjo creció
cerca del lembo, y éste, en su rápido desarrollo,
abrazó el primero y lo llevó a una altura de 20 o
25 metros.
De manera que si el convento, templo y una que
otra construcción de la Cartago de los siglos XVI y XVII
fue en ladrillo, habrá que imaginar, en algún momento
de su devenir, una ciudad próspera y rica. O, acaso, ¿por
qué construir un templo en ladrillo si se podía recurrir
a la apropiada y funcional técnica de la tapia pisada o del
bahareque? Es cierto que el uso del ladrillo para la construcción
de casas de habitación y templos, fue una práctica
antiquísima en el Viejo Continente desde el año 800
a. c., utilizada también por los griegos y aplicada con éxito
por los romanos, al descubrir que la arcilla cocida era más
resistente y de mayor duración, de la misma forma que incorporada
al Nuevo Mundo por los ibéricos, pero de ahí a considerar
que se aplicó de manera considerable en estas provincias,
o, siquiera, en el occidente del país y en la misma Cartago,
es una hipótesis que no se puede afirmar con veracidad.
De todas formas, imaginemos una sociedad cartagüeña,
deseosa de emular o, por lo menos, prefigurar los templos de España,
México o Perú, de la misma manera que tratando de
reproducir las estructuras serviles y las acentuadas desigualdades
políticas y económicas de Europa. Una ciudad amurallada,
dirigida y ordenada por los transterrados ibéricos, puerto
de paso y mercaderías entre Santafé y Quito o Lima
y rodeada de una espesa selva, último refugio de aborígenes
y gentes de color que se resistían al dominio colonial. Una
Cartago de rituales y valores religiosos, signados por la fe católica,
que enterraba a sus muertos de rango y distinción social
y económica en el suelo de las naves de su templo, la más
sacra de todas las tierras de cualquier poblado iberoamericano .
Habrá que esperar siglos para que esta
práctica común en toda la cristiandad sea abolida
por las políticas liberales en la segunda mitad del siglo
XIX , curiosamente, en las décadas del sesenta y setenta,
cuando Pereira apenas nacía como aldea y carecía de
un templo digno de su advocación mariana. De manera que por
aquella fecha de los primeros meses de vida de la aldea, cuando
las políticas del liberalismo, aduciendo cuestiones sanitarias,
establecieron por ley sacar los cementerios hacia los suburbios
de las poblaciones y no volver a enterrar cadáveres dentro
de las iglesias, la naciente población contaba con apenas
once ranchos de paja y guadua rodeando la plaza, y otro tanto diseminados
en distintos lugares, especialmente por los lados de Nacederos y
Mata de Caña .
Por supuesto, estos pobladores ya no sabían
de los nacimientos de noble cuna y pasados de abolengo de la otrora
muy ilustre y muy noble ciudad de Cartago; tal vez, tampoco estaban
imbuidos del anticlericalismo liberal de ciertas poblaciones del
oriente del país, en donde el enfrentamiento Iglesia-Estado
había cerrado iglesias y llevado al penoso destierro a algunos
párrocos y obispos.
En su momento, Pereira no era más que una
aldea, cubierta de espesos guaduales y grandes sueldos y lembos,
pero de la cual ya se avizoraba un prometedor futuro para el cultivo
de cereales, café, añil, cacao, caña de azúcar,
plátano y toda clase de frutos de la tierra. No obstante,
el estado aún feraz de sus tierras y lo sencillo de las construcciones
de la aldea, de la cual se dice que, en un comienzo, contó
con apenas seis manzanas, no se puede inferir que sólo hasta
ese momento su espacio estaba siendo repoblado, tal como se insiste
por parte de algunos cronistas e historiadores, al punto de llegar
a decir que luego del traslado de Cartago a su sitio actual, el
lugar de la antigua ciudad quedó "sepultado y casi borrado
su recuerdo" .
Muy seguramente, en el sitio abandonado debió
asentarse gentes poco interesadas en estar bajo el control de las
autoridades coloniales, de la misma manera que grupos de personas
ejerciendo actividades productivas - tal como se puede constatar
por los estudios del historiador Víctor Zuluaga - también
trabajos de campo en el Egoyá con la llegada de los negros
cimarrones, explotaciones de sal y se creó la aldea de Condina,
de la que se registra el primer oficio religioso en el año
de 1854 . De igual forma, ha de suponerse que este lugar fue refugio
de personas que huían de la ley, tal como lo hizo Francisco
Pereira Martínez, entre los años de 1816 y 1820, por
haber apoyado la causa de la independencia.
Y si bien las guerras y los intereses geopolíticos
entre Antioquia y Cauca hubo de retardar la colonización
de las tierras de la antigua Cartago, los relatos, empero, indican
que éstas hasta mediados del siglo XIX fueron lugar de paso
de expedicionarios y asiento esporádico de colonos pobres,
en la ruta de colonización proveniente principalmente de
Antioquia, y en parte del Cauca. Al respecto, no deja de ser fehaciente
el relato de Carlos Echeverri Uribe, recopilado de la memoria de
los primeros pobladores de Pereira, cuando cuenta que el presbítero
Fulgencio del Castillo, en cierta ocasión que se había
despoblado la aldea de Condina, se detuvo en las ruinas de la antigua
ciudad de Cartago, donde los emigrados de dicha aldea habían
construido algunos ranchos pajizos, y los exhortó a irse
con él a residir a Cerritos .
De modo que si las ruinas de Cartago y sus alrededores
nunca fueron del todo abandonadas después del traslado de
la ciudad en 1691, es imposible saber cuántas personas habitaron
allí estas tierras. Igual ocurre cuando se trata de establecer
el número de habitantes en los primeros veinte años
de vida de Pereira; probablemente, la aldea no debió sobrepasar
los diez mil habitantes, según se estima por los datos del
cronista Ricardo Sánchez, quien dice que a la altura del
año de 1866 - según lista que elaboró de los
archivos de la Alcaldía -, la población estaba conformada
por 1387 ciudadanos de primera clase, 230 de segunda y 1742 de tercera
sin contar a las mujeres . Pero según las cifras del Primer
Anuario Estadístico de Pereira, en el año de 1872
la población rondaba los diez mil habitantes ; por su parte,
Carlos Echeverri Uribe dice que dos años antes, en el primer
censo de población que se hizo sobre la ciudad, el número
de habitantes sumó 720 .
Lo único claro de estas cifras contradictorias,
es que lo escaso de la población de la aldea por aquellos
años y las descripciones aún agrestes de las tierras
de colonización, concuerda con los modestos lugares de habitación
de paja, guadua y tierra pisada de los moradores de lugar, de los
cuales nos hablan los cronistas y señalan los documentos
de archivo. Incluso, para entonces, se dice que el café era
una planta que se cultivaba sólo por ornato .
La primera casa de teja tan sólo fue construida
en febrero de 1874, por Don Toribio Robledo en el centro de la acera
sur de la plaza la Victoria (hoy plaza de Bolívar); cinco
años después, el mismo señor Robledo construiría
la segunda casa de teja en la misma acera oriental de la plaza mencionada
. Un verdadero lujo para la época. Pues si bien en el siglo
XVI ya era posible hornear o secar arcilla - porque las materias
primas estaban a la mano, y sólo bastaba contratar un alarife
que construyera el horno, amasara la arcilla y luego la cocinara
-, la producción en grandes cantidades de ladrillo o teja
era muy dispendiosa si se compara con la sencilla técnica
de la tapia pisada o del bahareque, además de lo costoso
que podría implicar su transporte en bueyes o mulas.
Hay que imaginar entonces una Pereira de los primeros
años conformada por casas alrededor de una plaza principal,
a la manera de un plano en damero, con su Iglesia, familias principales
a su alrededor, y, si ha de atenerse a la tradición oral
y las crónicas de la época, delineada sobre la antigua
ciudad de San Jorge de Cartago. Una plaza que hasta la época,
como en los tiempos de las ciudades coloniales, sigue cumpliendo
el papel de centro de las actividades políticas, económicas
y sociales de la ciudad .
Nada más importante entonces para cualquier
habitante de la ciudad, que sus restos reposaran en la Iglesia.
Homenaje que, precisamente, le sería tributado a Remigio
Antonio Cañarte, uno de los fundadores más ilustres
de Pereira y párroco de la misma hasta 1876, fecha - dice
Carlos Echeverri Uribe - "en que, por su avanzada edad y por
sus enfermedades, cedió el cargo al presbítero José
Dolores Córdoba" . Así, dos años después,
la Villa le tributó el digno homenaje de inhumar su cadáver
en la Iglesia, con un "túmulo sobre su sepulcro",
el cual sería construido de madera; dicho monumento sería,
además, blanqueado en yeso y se la daría el color
del jaspe en una de las caras, en el que se colocaría una
lápida de mármol, esculpida con la siguiente inscripción:
"Al prócer de la Independencia y Apóstol del
Cristianismo Pbro. Remigio Antonio Cañarte, el pueblo agradecido,
1878" . (Véase el Anexo D). Homenaje que también
le sería tributado en el siguiente siglo, hacia la década
del veinte, a los restos exhumados del general Deaza, según
lo refiere a tradición oral, y los cuales fueron depositados
al lado de la pila bautismal .
El reconocimiento al presbítero Cañarte
era también un acto simbólico y político para
reafirmar los lazos de Pereira con Cartago, y dejar constancia de
que los primeros pobladores habían provenido de allí.
Pero también era una forma de reivindicar los lazos históricos
que la ciudad siempre guardaría con la antigua Cartago. De
ahí la insistencia de asegurar, por parte de los pobladores,
que la villa de Pereira había sido levantada sobre el mismo
sitio de la ciudad antigua: en 1863, seis manzanas por los fundadores;
en 1868, por el súbdito británico Mr. Guillermo Flecher,
de quien se dice dejó seis plazas delineadas (La Paz, La
Victoria, La Concordia, Fe, Esperanza y Caridad ) y no alteró
en nada lo ya realizado ; en 1872, once manzanas por Don Ramón
Arana, Agrimensor Oficial del gobierno, quien además hizo
entrega oficial de 12 mil hectáreas cuadradas de terrenos
baldíos cedidos por el Congreso al Municipio de Pereira;
y en 1875 la configuración definitiva de la estructura por
el propio cabildo de la ciudad.
Precisamente, en esta última configuración,
el cabildo aprobó vender, por licitación, las ciento
cuarenta hectáreas de terreno restante de las 200 que fueron
designadas por áreas de la población, según
lo dispuesto por la Comisión Agraria; así mismo, dispuso
aprobar las designaciones que hiciera la Comisión Agraria
a las plazas y calles; sin embargo, suprimía las plazas Esperanza
y Caridad para repartirlas en solares. Con la venta de las mencionadas
tierras se acometería la construcción de la casa consistorial
del Distrito . (Véase el Anexo E).
¿Pero qué había detrás
de tantos trazados a la ciudad? Sin duda, una arremetida colonizadora
hacia las fértiles y codiciadas tierras que comunicaban Cartago
con Manizales; último bastión del Cauca para frenar
la colonización antioqueña. Este proceso colonizador
en Pereira, habría de iniciarse en los años cincuenta
y sesenta con los asentamientos inestables y dispersos de Condina
y posterior fundación de Pereira; un poco más tarde,
en los años setenta y ochenta, regulado por el gobierno nacional,
mediante la ley 121 de abril 1870 que le otorgó las ya mencionadas
12 mil hectáreas cuadradas al municipio , y cuya adjudicación
definitiva le correspondió hacerla, en 1874, a Aquileo Parra,
presidente de la República.
Lo cierto también de este movimiento colonizador,
es que detrás del mismo se encubría una lucha por
la tenencia y valorización de la tierra. Más allá
del interés filantrópico de Francisco Pereira Martínez
y de su hijo por fundar una ciudad en la antigua Cartago, existía
el interés de valorizar 2500 hectáreas cuadradas de
tierra en el pie de monte de la cordillera del Quindío, que
éste había obtenido de la política estatal
en el año de 1828 por la suma de 4234 pesos y seis reales
y que para entonces se designaron como "baldías, desiertas,
incultas y montuosas" .
Pero a la altura de los años sesenta del
siglo XIX, dichas tierras ya no tenían la misma connotación.
Mientras para el cronista Ricardo Sánchez, Guillermo Pereira
Gamba, hijo de Francisco Pereira Martínez, donó los
terrenos a la aldea de su "espontánea voluntad".
Carlos Echeverri trata de mostrar que Guillermo Pereira Gamba "no
dio ni una pulgada de sus terrenos para la nueva fundación"
. Lo cierto es que las tierras para la naciente aldea fueron adquiridas
por gestión de la población, en tanto que la nación
decidió otorgarle bonos a Pereira Gamba como parte de la
indemnización de las 12 mil hectáreas cedidas a la
villa de Pereira. Lo que si honra la memoria de Pereira Gamba -
dice Jaime Jaramillo Uribe - "fue el criterio que tuvo cuando
resolvió desprenderse de la propiedad de sus tierras, para
cederlas a los colonizadores en forma de pequeñas parcelas".
Arriba
|