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María Ramos

Entre los ríos Otún y Quindío y en el mismo sitio que hoy ocupa la población de Pereira, fundó Jorge Robledo la antigua ciudad de Cartago en el año 1540. Con gran prontitud, la religión católica empezó a extenderse en estas tierras, merced al celo y constante predicación de los obreros del Evangelio, especialmente la comunidad de San Francisco de Asís, quienes unidos al entonces párroco de la ciudad el Presbítero Francisco de Frías, trabajaron sin cesar por el bien espiritual de la cada vez más importante población.

Al convento de los Franciscanos, asistía con frecuencias una mujer a recibir la ropa de los padres, para lavarla, coserla y arreglarla. Llamábase María Ramos, de 25 años de edad, de vida y de costumbres ejemplares, muy piadosa, especialmente devota de la Santísima Virgen. Es de anotar que esta buena mujer, lleva el mismo nombre y apellido de aquella otra a quien en Chiquinquirá se reveló la imagen de la Virgen del Rosario que ha venido a establecer en nuestra Patria el más afamado y prodigioso santuario visitado por el mismo Papa Juan Pablo II en su visita apostólica a Colombia.

A menudo salía la María Ramos a las afueras de la ciudad, fuera de la muralla, a la orilla del río Otún, a lavar ropa, que éste era su oficio. Por nada ni por nadie dejaba su oficio por que confiaba que la Virgen Santísima la libraría de caer en manos de los peligros y de los enemigos. Y así sucedió. Porque nadie nunca le hizo daño alguno.

El indio Pijao Juan Guabio, catequizado y bautizado, después confesó, hablando de esta mujer, "que su parcialidad había hecho grandes esfuerzos por matarla cuando la veían lavando en la orilla del río y no lo habían podido conseguir, porque una señora desconocida, con una luz candela, los hacía huir y no permitía que le hicieran daño. También las demás compañeras de oficio de María Ramos, por experiencia conocían que el cielo la favorecía porque con ellas había buen tiempo para secar las ropas.

Pues bien, corría el año de 1603 cuando la mujer María Ramos que hacía doce años conservaba la costumbre de ir al convento de San Francisco para recibir la ropa de la Iglesia, lavarla y arreglarla fue un día con este fin, la recibió del encargado de entregarla y se dirigió con ella fuera de la muralla a la orilla del río Otún.

Aparición de la Vírgen

De las piezas que la mujer recibió del convento, en esta ocasión, iba una manta o pedazo de lienzo sumamente sucio y lleno de rotos y rasgaduras, como que hacía cuatro años servía de"limpión" en el convento, especialmente para las lámparas, ampolletas y candeleros de la iglesia.

María Ramos lavó en efecto aquel limpión y los extendió al sol para que se secará no sin advertir al abrirlo, que se le guardaba una buena tarea con la aguja por los muchos rotos que tenía. Un rato después y cuando calculó que ya estaba seco, se acercó a recogerlo para doblarlo y llevarlo a casa, cuando notó en él con admiración, unos rasgos de pincel o como pinturas de una reliquia muy antigua y fijándose con más atención, su sorpresa se convirtió en alegría porque le pareció que era pintura que representaba una imagen de la Virgen Santísima, a quien ella siempre amaba.

Llena de gozo y sin pensar en otra cosa, corrió la buena mujer al convento y presentó el lienzo roto a Fray Bernardo Macias, manifiestándole su parecer. El padre, sin darle mucha importancia al hallazgo por el triste y despreciable estado de la manta, pero descubriendo también al fijarse mucho algo así como una imagen de María y también por no defraudar la piadosa ilusión de la que se presentaba tan ufana, le dijo que la llevase a su casa y la extendiera en un bastidor de cañas y la colocase en un lugar decente.

Extendida la manta en el bastidor de cañas en la pobre casa de María Ramos, ella y luego sus vecinas y compañeras de oficio empezaron a invocarla y a confesarle sus necesidades y a tributarle el culto privado de sus corazones sencillos; y la Virgen por su parte y como de costumbre lo tiene, llena de ternura empezó también a derramar sus gracias sobre ellas y a despachar favorablemente sus súplicas.

La devoción pues, se fue aumentando, hasta que fue necesario llevar el manto al templo donde la iglesia oficializó un público y solemne culto hasta nuestros días.

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Derechos Reservados - Octubre, 2001.


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